Nostalgia: Ay, ayayayyyy, Dios mio, que nostalgia!

Armando de Armas

Nostalgia: ¡Ay, ayayayyyy, Dios mío, qué nostalgia! Siento nostalgia de los muñequitos soviéticos, no de los rusos, no, ¡qué mal gusto!, de los soviéticos, en las noches tengo eyaculaciones, premoniciones con esos muñequitos de palo, con esos engendros ortopédicos con los que mi madrasta despiadada a mí me castigaba, cuando mal yo me portaba, ¡ay, como sufría, ay, como gozaba!

Nostalgia: ¡Ay, ayayayyyy, Dios mío, qué nostalgia! Siento nostalgia de la pañoleta al cuello como una espoleta, como una escopeta, nostalgia de las chancletas y de los kikos plásticos, de su olor nauseabundo y de su hongo revolucionario, de la cara de tranca de mi maestra miliciana, un dos tres cuatro, comiendo mierda y rompiendo zapatos, ¡ay, Dios mío, cómo la extraño! Y me pregunto, disciplinadamente, cómo ahora yo me las amaño.

Nostalgia: ¡Ay, ayayayyyy, Dios mío, qué nostalgia! Siento nostalgia de mi adorado tormento, ese argentino, asmático y asesino, de no haber sabido ser como el lemita ordenaba, atosigaba: ¡Pioneros por el comunismo seremos como el Che! ¡Qué lástima que muerto estés! ¡Ay, Félix Rodríguez, qué hiciste, abusador, qué hiciste, abusador, qué malo tú eres, ay, qué malo eres! Nostalgia de los hermanos latinoamericanos siempre tan solidarios con el socialismo de los cubanos.

Nostalgia: ¡Ay, ayayayyyy, Dios mío, qué nostalgia! Siento nostalgia de los interminables discursos de Cara de Coco con su voz rajada, cuasi afeminada, invadiendo, inundando la isla con su diarrea de palabras, dándonos siempre tan buenas noticias, mejores nalgadas: quitándonos una libra de arroz, de azúcar o de aceite, ordenando una invasión a Angola o Etiopía, o sabe Dios, a matar negros burgueses y contrarrevolucionarios. Cómo añoro las marchas y las contramarchas con las banderitas de papel y el culo pelado, y los dibujitos, tan monos, del perverso Tío Sam ridiculizado, los altavoces llamando al fiero combate. Las escuelas al campo, las movilizaciones al agro y las movilizaciones combativas donde se iba, más que nada, a pegar sus buenos tarros, y aquello, por Dios, de él que no salte es yanki, él que no salte es gusano, cómo no extrañar toda aquella bobería.

Nostalgia: ¡Ay, ayayayyyy, Dios mío, qué nostalgia! Siento nostalgia de aquellos periodistas tan buenos y atildados siempre dándonos las buenas noticias del comandante, noticias de cortes de caña como grandes batallas, de superproducciones de papa que sólo se veían en el noticiero de las ocho, tan obedientes y revolucionarios, nostalgia del canal dos y el seis de la televisión nacional, de Radio Progreso y Radio Rebelde y, sobre todo, de los días gloriosos en que el Comandante en Jefe desbarraba y ponía a todas esas estaciones en fila, en cadena, encadenadas, no perdiéramos por despistados sus piezas meatorias, perdón, quise decir, de oratoria.

Nostalgia: ¡Ay, ayayayyyy, Dios mío, qué nostalgia! Siento nostalgia de aquellas entretenidas películas soviéticas, por ejemplo, Liberación Parte 1, Parte 2 y Parte 3, del tarado de Elpidio Valdés, de Fefa Comité y de todas las chivatonas, arrastrapanzas de mi cuadra, y de las patadas en el culo, ¿seré masoquista?, que daba la Policía Nacional Revolucionaria.

Nostalgia: ¡Ay, ayayayyyy, Dios mío, qué nostalgia! Siento nostalgia de los productos liberados, de las colas, de la libreta de abastecimiento, mejor, de desabastecimiento, de los dos huevos por cabeza a la semana, del picadillo de soya, del troncho, de las caldosas colectivas, de la celebración de los CDR, de los cederistas y los carteristas, de los mirahuecos y los internacioanlistas. Nostalgia de aquellos calzoncillos llamados tacacillos, de los blumers y ajustadores llamados matapasiones, de la guata de almohada como almohadillas sanitarias, de la urticaria, de la tenia y la lombriz solitaria, de los preservativos chinos, de las ladillas, la gonorrea y el herpes genital simple, de los abortos como un medio anticonceptivo. Nostalgia del bailar y el gozar con la Sinfónica Nacional. Nostalgia de los ñangaras y segurosos con sus caras duras de pencos alardosos.

Nostalgia: ¡Ay, ayayayyyy, Dios mío, qué nostalgia! Siento nostalgia de las posadas para matar la jugada, sin una dosis de agua para lavarse las partes pudendas, tras larga cola o de un sustancioso soborno al posadero, tipo patibulario. Nostalgia de los baños públicos desbordados de excrementos, de las cafeterías llenas de moscas, del buen trato revolucionario de sus empleados, del hay pero no te toca, o del te toca pero no hay, de los apagones diarios, de las guaguas atestadas de gente con su peste a boca y grajo generalizados, de la falta de pasta dental y desodorante, de los buenos modales, del adoctrinamiento gratis en nuestras escuelas, y de la no menos gratis salud en las manos diestras de nuestros matasanos. De los calabozos apestosos, de los cuentos y los recuentos.

Nostalgia: ¡Ay, ayayayyyy, Dios mío, qué nostalgia! Siento nostalgia de los fusilamientos al amanecer para los contrarrevolucionarios, de ser un ciudadano de tercera en mi país, de no ser ciudadano, de ser súbdito, de no tener que votar, ese vicio burgués, o votar siempre por el invicto, cagalitroso comandate. Nostalgia de nuestros valientes intelectuales pidiendo siempre la libertad para los presos políticos latinoamericanos, norteamericanos y del mundo, dispuestos siempre a morir por la libertad de América Latina, de Estados Unidos y del mundo. Nostalgia del cruel embargo norteamericano que impide que nuestros pobres niños puedan tomarse un guarapo. Nostalgia de los guapos que, sin miedo, te dicen: ¡Abajo Batista, ese mulatón asesino!

Nostalgia: ¡Ay, ayayayyyy, Dios mío, qué nostalgia! Siento nostalgia del picadillo de soya, de la leche que me quitaron en la bodega a los siete años, del café mezclado con chícharos, de los chícharos, de la guachipupa, de los apagones, de las guarandingas, de los camellos, del chispa de tren, del salta pa tras revienta caballos, de los carretones de caballos, del alcohol de 90 grados, de las heroicas puñaladas en nuestras cerveceras de encanto, de la cerveza de pipa avinagrada, del molote para coger la cerveza, del sol al mediodía reventándote la cabeza, del calor asfixiante sin aire acondicionado, de los ventiladores soviéticos, de los soviéticos con sus dientes de oro y sus enanitos muertos debajo del sobaco. Nostalgia de los nostálgicos, esos niños y esas niñas traumatizados que el 26 de julio sus padres, fanatizados, hacían vestir de verde, y les pintaban barbas como soldaditos rebeldes, es decir, sumisos y descerebrados. Nostalgia, coño, de la invasión imperialista que nunca llegó, que a mi Cuba libre nunca esclavizó.


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